En la clínica

Después de que yo nací, mi madre descansó, mientras el médico y la enfermera se encargaban de mí.

El doctor puso unas gotas de desinfectante en mis ojos para protegerlos. Y me examinó las orejas y los ojos, la nariz y los dedos: todo mi cuerpo.

La enfermera puso una pulsera en mi muñeca. La pulsera llevaba escritos mi nombre y apellidos. Así no había peligro de que me confundieran con otro niño nacido el mismo día. Aunque muchos bebés se parecen, cada uno lleva su identificación en su pulsera. Y, claro está, yo era el único que llevaba mi nombre y apellidos.

La enfermera me pesó, me midió, me bañó y me puso los pañales y un pijama. Me envolvió en una toalla caliente y me dio a beber un sorbo de agua. Entonces me puso en una cuna en la habitación reservada para los recién nacidos. Había muchos otros niños.

Yo estaba cansado. Cerré los ojos y me quedé dormido.

Al cabo de un rato me desperté y empecé a llorar. Entonces, la enfermera me llevó donde estaba mi madre. Ésta sonrió y me abrazó.

Yo llevaba una pulsera.
En ella iba escrito mi nombre. Ahora todo el mundo puede saber cómo me llamo.
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