Yo hablo, yo escucho

Una ciudad está llena de ruidos desagradables: bocinas de coches, sirenas de bomberos, frenazos, televisores con el volumen muy alto.
El campo es más tranquilo, pero no faltan en él los ruidos más diversos: el graznar de los cuervos, el croar de las ranas, el silbido del viento.
Hasta el mar puede hacerse molesto
con el ruido acompasado de las olas al romper.
Más que todas estas cosas, me gusta
una buena voz, pues me produce bienestar.

Los perros ladran. Las abejas zumban. Las gallinas cacarean. Pero como yo soy una persona, hablo.

Mi mente y mi cuerpo trabajan juntos, y aprendo a usar las palabras que las demás personas pueden comprender. Aprendo a poner las palabras ordenadas formando frases para que las personas comprendan lo que les quiero decir.

Yo también escucho lo que me dicen las demás personas. Como escucho, comprendo lo que la gente me dice.

Yo hablo y escucho a mi manera. Y siempre deseo que la gente entienda lo que digo.

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