Hielo

 


por Robert Lawson

Había nevado durante toda la noche. Por la mañana, tío Anal- das, siempre el primero en levantarse, fue a la puerta de la conejera, se abrió paso por la nieve, se frotó enérgicamente con ella y volvió a meterse en su cama.

—Ahora una buena comida —dijo mientras se tapaba con las mantas hasta la barbilla; a los cinco minutos ya estaba pacíficamente dormido.

Hacia mediodía hubo una pequeña diferencia en el ruido de la nieve que estaba cayendo, y el padre salió a mirar.

—Lluvia —comentó—, lluvia helada. Hay una corteza sobre la nieve. Tuve dificultad para romperla.

El pequeño Georgie se había levantado tarde y pasaba una mañana muy aburrida. Después de mediodía oyeron todos una conmoción repentina en la entrada de la conejera. De pronto se presentaron Willie Rata de Campo y tres de sus jóvenes primos. Estos tres últimos, cansados por sus esfuerzos en abrir un túnel, se sentaron inmediatamente junto a la chimenea. Sin embargo, Willie estaba muy excitado.

-¡Georgie!, ¡el gato viejo, el señor Muldum, se ha perdido! —exclamó—. Lo han llamado toda la noche y después lo han buscado por el campo durante todo el día, con esta lluvia helada, sin que hayan podido encontrarlo. Sin embargo, yo sé donde está. Lo encontré, pero no pude hacer nada.

-Te veo muy excitado, Willie —dijo el padre—; tu narración no tiene coherencia. Dices que el gato se ha perdido, pero que tú lo has encontrado. Por tanto, no puede haberse perdido. Será mejor que te sientes y nos cuentes con calma lo que ha ocurrido exactamente.

-Sí señor, lo intentaré —respondió Willie—. ¡Bien! Trabajábamos haciendo un túnel hacia la casa de tío Sleaper, que vive junto a la valla, pues mamá quería asegurarse de que todo iba bien, cuando de repente tropezamos con el gato viejo que estaba hundido en la nieve al lado mismo de la valla. Seguramente, se perdió y cuando se hizo muy espesa la capa de nieve vio un agujero, se metió en él y, sin acordarse de que seguía nevando, estuvo dando vueltas en el hoyo para hacerse una pequeña habitación hueca. Y ahora no puede salir porque hay una espesa capa de hielo sobre la nieve.

—¡Pobrecito! —dijo la madre—, tendrá frío, ¿verdad Willie?

—No, no mucho —replicó éste—. Yo, desde luego, no lo he sentido; además, bajo la nieve se está muy bien y caliente. Pero debe tener hambre. Por eso no nos quedamos mucho rato allí.

—¡Pobres señores Folk! —exclamó la madre—. ¡Quieren tanto a su gato! Debemos hacer algo. El nunca ha hecho daño a nadie. Anal- das, ¿no hay nada que tú, padre y Georgie pudierais hacer?

-Yo no —dijo rápidamente tío Analdas—. Es contra la naturaleza, esto es. ¿Desde cuándo los ratones y los conejos tienen que ayudar a los gatos? Quizá nunca haya hecho nada contra nosotros. Pero tampoco lo ha hecho por nosotros. No señor, no hago nada contra las leyes de la naturaleza.

—Dicho esto, se arrebujó entre las mantas y se dispuso a continuar durmiendo.

—Zorrita tenía un hermoso pavo la otra noche —dijo Georgie pensativo—. Había mucha carne allí. Si pudiéramos dar un poco a Mul- dum, por lo menos tendría algo que comer, pero me parece que no podremos. Zorrita está tan cubierta de nieve como los demás.

—Creo que podremos. ¡Sí, podremos! —dijo Willie Rata de Campo, excitado. Se sentó un rato en silencio y pudieron verle cómo, in mente, iba por todas las galerías o túneles que horadaban la colina y habían sido hechos por las ratas.

—¡Mirad! —dijo finalmente-. Hay un túnel que va desde aquí a nuestra casa y después otro que va por el jardín de rocas a casa de tía Minnie: padre lo cavó esta mañana. Desde allí parte otro muy largo hacia casa de tío Palo de Estacas, cerca del bosque de pinos; estoy seguro que está excavado. La madriguera de la zorra está muy cerca de él y yo sé exactamente dónde. Si continuáramos excavánr dolo no tardaríamos mucho en llegar a ella. Después, si nos da algo de pavo, podríamos llevárselo al gato señor Muldum.

—No sé si querrá —dudó Georgie—. La zorra conoce muy poco al señor Muldum y no creo que se preocupe por él.

—Tendréis que ser muy diplomáticos y persuasivos, Willie —dijo el padre—. Sed educados y usad todas las armas de la elocuencia y la persuasión. De paso, podéis decirle que, si acaso accede a vuestra petición, mamá y yo nos alegraremos mucho.

—Sí señor—replicó Willie—. ¡Vamos, chicos!

Los tres primos se levantaron de junto al fuego un poco a regañadientes y, sacudiéndose, salieron por el túnel.

—Puede que eso nos lleve tiempo —dijo Willie—, pero haremos todo lo que podamos.

La madre, el padre y Georgie se sentaron en silencio, con sus cabezas llenas de ideas sobre el viejo gato atrapado en el pequeño refugio bajo la capa de hielo. Las ideas de la madre se fueron con los Folk y su pena. Mientras, tío Analdas roncaba.


La lluvia helada parecía haber cesado, pero, en cambio, se oía el rumor del viento. A cada instante se percibía el ruido de una rama cubierta de hielo que caía al suelo. Aunque los sonidos del exterior llegaban apagados, les era posible oír los camiones que pasaban por encima y las voces de los hombres que reparaban los cables eléctricos. Finalmente, Georgie se durmió también.

Le despertó un chillido de su madre y los gritos de Rata de Campo. Allí estaban Willie y sus tres primos, cada uno con un buen pedazo de carne de pavo. Los cuatro estaban totalmente agotados y la madre insistía en que descansaran un poco antes de terminar su misión.

—¡Bien, Willie! —le felicitó el padre—. Estoy muy contento de que tus buenos modales y tu elocuencia hayan convencido a la Zorra. Me figuro que la mención de mi nombre te habrá servido de ayuda.

—Estaba dormida —dijo Willie haciendo una mueca—. No hubo necesidad de ser elocuentes, pero tuvimos que andar con mucho cuidado; por esto nos entretuvimos tanto.

Volvieron a coger sus bultos y salieron de nuevo en busca del refugio del señor Muldum. Pronto regresaron.

—Le gustó mucho —informó Willie—. Se tragó todos los trozos tan pronto como se los dimos. Pero no estuvimos mucho tiempo. Quizá tenga hambre todavía.

Georgie se despertó a la mañana siguiente al oír las voces del padre y el tío Analdas. Evidentemente, ya hacía rato que estaban despiertos, pues habían hecho con las patas un túnel entre la nieve hasta llegar a la capa de hielo, la cual no les permitía continuar. Todo su esfuerzo no había servido para nada.

Quizás el sol ablande el hielo —gruñó el tío Analdas—. Y ahora, ¿quién tenía razón cuando decía que este invierno sería muy duro? ¡Y no ha hecho más que empezar!

Dicho lo cual se fue otra vez a la cama.

Georgie siguió el túnel y contempló la capa de hielo que los aprisionaba.

Parecía como cristal helado, con el sol brillando a través de ella.

El viento debía de soplar fuertemente porque pudo oír hojas y ramas que caían y eran arrastradas sobre la superficie. Le hubiera gustado saber hacer galerías bajo la nieve tan bien como las hacía Willie Rata de Campo, y trató de hacerlo, pero no llegó muy lejos. Después, desayunaron y esperaron a que tío Analdas se despertara.

Cuando lo hizo, una o dos horas más tarde, salieron a tratar otra vez de abrirse paso. Mientras el padre y tío Analdas empujaban y roían la capa de hielo, pareció que ésta iba a ceder. Georgie se subió a las espaldas de ambos y empujó cuanto pudo. Haciendo un gran ruido, la corteza de hielo se partió de repente y aquél salió disparado a la cegadora luz del sol.

Quedó asombrado al ver cómo las cosas habían cambiado. Por todas partes se veían ramas grandes y pequeñas, caídas en el suelo. Los arbustos estaban lisos. Los troncos y ramas delgados se curvaban hacia abajo. Los grandes cedros desplegaban sus ramas como si estuvieran muertas. Y cada brizna de hierba, cada piedra, incluso la casa roja, estaban cubiertas de hielo. Aunque el viento era muy frío, ese hielo había comenzado a derretirse y caía de los árboles como una ducha.

Pudo ver al señor Folk y a Tim McGrath que cortaban con sierras y hachas las ramas caídas y buscaban debajo de cada una.

Tío Analdas se sacudió la nieve de las orejas y salió para ver si los otros animales habían conseguido abrirse paso. El padre y Georgie se apresuraron a correr a lo largo de la valla hacia el lugar, detrás del pequeño roble, en el que Willie Rata de Campo había dicho que estaba enterrado el gato señor Muldum. Encontraron con facilidad el lugar, pero aunque royeron y excavaron, no se oía ningún ruido procedente de debajo del hielo. La situación del señor Muldum parecía desesperada.

De pronto, Georgie tuvo una idea y, sin decir una palabra a su padre, comenzó a correr hacia arriba de la colina. Era difícil subir, porque el hielo era muy resbaladizo y el viento era muy fuerte. Resbaló y cayó varias veces antes de llegar al bosque de pinos.

Allí casi no había hielo y la nieve era blanda y suave. Corrió por ella hasta que vio a Ciervo Rojo, el cual, después de despejar de nieve un pequeño círculo del suelo, estaba comiendo tranquilamente unas briznas de hierba.

—Buenos días, señor, y buen provecho —dijo Georgie, muy educadamente.

—Buenos días, Georgie —replicó el ciervo—. ¿Cómo os ha ido con la nevada?

—No muy bien, señor. La mayoría están aún atrapados bajo el hielo; y el pobre señor Muldum… —Y Georgie comenzó a contar las peripecias del gato, terminando con un ruego al ciervo para que le ayudara.

—Bueno, no sé… —dijo el ciervo dudando—. No me gusta andar sobre una capa de hielo porque te cortas los tobillos y duele mucho. La nieve cubre las piedras y los agujeros hechos por los topos. Te puedes romper fácilmente una pata. Nunca he tenido nada que ver con ese gato; normalmente no me preocuparía por él. Pero, con todo, debemos muchos favores a los Folk y creo que tendría que hacer lo que pueda. ¡Vamos, trataremos de hacer algo!

Mientras bajaban por la colina, el ciervo andaba con mucho cuidado: ponía suavemente las pezuñás sobre la capa de hielo antes de


pisar con fuerza y después las levantaba despacio. Georgie, muy contento, corría describiendo círculos a su alrededor, resbalaba, patinaba o caía rodando por la pendiente. Tim y el señor Folk dejaron de trabajar para contemplar silenciosos cómo los dos animales pasaban.

El padre de Georgie había estado royendo el hielo, pero no pudo hacer ningún progreso sensible, aunque un par de veces le pareció oír el maullido del señor Muldum.

El ciervo, golpeando la capa helada con sus pezuñas afiladas, había logrado romperla y comenzaba a sacar cuidadosamente los trozos de hielo.

Mientras se iba acercando al lugar donde el padre creía haber oído los maullidos, la respiración de Georgie se aceleraba.

Finalmente, con un suave empujón, el ciervo arrancó un último trozo de hielo y pudo verse al señor Muldum enroscado en su nido de nieve. El viejo gato se levantó un tanto envarado, se sacudió y, sin dirigir una sola mirada a sus salvadores, marchó colina abajo con paso muy digno, interrumpido a veces por un resbalón sobre la nieve. El padre de Georgie se dirigió inmediatamente a la madriguera para darle la noticia a la madre.

El señor Folk cogió al gato entre sus brazos y se fue a la casa, pero Tim continuó mirando con la boca abierta. Veía cómo el ciervo, con Georgie retozando a su alrededor, volvía a subir la colina exactamente por el mismo camino por el que había bajado. Los tobillos del ciervo estaban cortados y arañados por el hielo, y algunas gotitas de sangre señalaban su paso.

Tim fue junto a la valla: examinó el refugio del viejo gato, las

huellas de las pisadas del ciervo y los trozos de hielo arrancados.

—¡Cielo santo! —dijo—. Si no lo hubiera visto con mis propios

ojos, no lo creería. ¡Y aún no estoy seguro de creerlo!

Fue al almacén de herramientas, cogió un gran fajo de heno y se dirigió con él al lindero del bosque de pinos, donde lo esparció junto al rastro dejado por el ciervo.

—¡Alimentando a los animales salvajes! —se rió de sí mismo, un tanto avergonzado—. Se me debe de estar reblandeciendo el cerebro. ¡Igual me da la próxima vez por leer libros!

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