Dedos por números

Era muy temprano cuando Amú, el pastorcillo, caminaba hacia el redil silbando alegremente. Su única vestimenta era una corta falda hecha de piel de animal. En una mano llevaba su almuerzo, un pedazo de queso envuelto en hojas.

Cuando Amú llegó al redil, abrió la puerta lo suficiente para que las cabras fueran saliendo de una en una. Según salía cada animal, Amú tocaba uno de sus dedos. Cuando salió la última de las cabras, Amú se había tocado todos sus dedos menos uno.

Así es como controlaba su ganado. Cuando, al anochecer, volvía a encerrarlo en el redil, lo contaba de nuevo con los dedos, para asegurarse de que ningún animal se había perdido.

Amú no pensaba en su rebaño como “nueve” cabras, sino como todos sus dedos menos uno. No conocía una palabra que designara el “nueve” ni cualquier otro número. No sabía lo que era un “número”.

Cuando se empezó a llevar la cuenta de cosas tales como los rebaños, las personas hacían que sus dedos representasen a los animales: un dedo por cada animal. Los dedos fueron los primeros números. Y así es como empezó la idea de los números y, luego, la práctica de contar.

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