El párvulo: Problemas habituales

Posted in 15 - Guía para los padres, El párvulo


El período preescolar puede ser una época feliz para toda la familia. Una de las razones es que el niño se basta a sí mismo. Sabe vestirse, comer e ir al lavabo sin ayuda. No existe ya una total dependencia física de su madre. Otra de las causas es su constante expectación ante el mundo y la gente que lo rodean. Su avidez, carácter abierto y alegría de vivir son contagiosas. Sin embargo, no hay ninguna edad angélica. Existen siempre momentos difíciles.
Perder el tiempo
Padres e hijos emplean el tiempo de un modo tan diferente que esto, a menudo, es causa de conflictos. La mayoría de las personas adultas llevan siempre relojes de pulsera. Van a un sitio y saben exactamente cuántos minutos emplearán en el recorrido. En cambio el niño se pasea con tranquilidad sin una dirección determinada, siguiendo sus fantasías. Los adultos llaman a este vagabundeo “haraganear”. El niño, naturalmente, no da ningún nombre a lo que hace. Se limita a ser él mismo y a seguir su propio ritmo. Puede tardar eternidades en vestirse, comer y llegar cuando le llaman. Tiene una tendencia innata a detenerse y contemplar absorto cómo el mundo desfila ante sus ojos. Esta capacidad de fascinación es parte de su ser. Es parte de la novedad que representa ser capaz de hacer las cosas por sí mismo, una entre otras de las maravillas del mundo que le rodea.
La mejor manera de evitar problemas es realizar unos pequeños ajustes. Por ejemplo, cuando el niño come y se viste, es conveniente permitirle que tarde tanto tiempo como quiera y no hay que estorbar sus ensueños. Pero si es necesario darse prisa basta echar una mano al niño para acelerar el proceso de vestirse. No hace falta reñirlo ni importunarlo. Las palabras de enojo raramente producen efecto. A veces es preciso terminar una comida porque la hora de la merienda llegaría demasiado pronto. Al niño no le hará ningún daño averiguarlo. El daño viene cuando la madre se queja y enfada.
Las madres pueden consolarse pensando que esta lentitud no será eterna. Llegarán otros tiempos, no muy lejanos, en que las cosas ocurrirán al revés. Entonces el niño comerá en un instante y se vestirá con lo primero que encuentre.
Temores
También surgen problemas porque a veces los padres olvidan que un niño de cuatro años —y, más todavía, uno de tres- todavía depende mucho de ellos. Ha crecido tanto. Se desenvuelve tan bien. Pero hay momentos en que se siente como el chiquillo que, en parte, todavía es. A veces los padres lo olvidan y son más duros de lo que debieran ser. Este problema se hace patente especialmente cuando los niños se asustan. En ocasiones, acontecimientos inesperados, sonidos e imágenes pueden asustarlos. Los niños en edad preescolar todavía son recién llegados a este mundo. Y cada día, gracias a su gran capacidad de observación, este mundo se les hace más accesible y conocido. En estas circunstancias los gritos, lo inesperado, los objetos desconocidos, la oscuridad, todo puede sorprenderles e incluso asustarles.

Una solución rápida y sencilla es una frase de ánimo: “¿No tendrás miedo de una cosa tan pequeña, verdad?” Los padres, naturalmente, no tienen miedo pues ya son personas experimentadas. El niño responde claramente y en ocasiones chillando: “Sí. Estoy asustado… es por eso que grito”. Todavía es peor avergonzarlo y burlarse de él: “No seas chiquillo… eres más miedoso que un gato… Creía que ya eras un chico (o chica) mayor”. Cuando un niño está asustado a causa de un trueno, un perro o un relámpago, no superará sus temores si además teme perder el amor y respeto de sus padres.
Un medio mucho más efectivo de luchar contra este temor es aceptarlo con naturalidad. Los padres deben dar a su hijo el apoyo y consuelo necesarios para que se enfrente con el objeto de sus temores. A veces es suficiente limitarse a estar junto a él. Compañía y unas palabras cariñosas surten mucho efecto. Cuando el niño se siente profundamente trastornado, es mejor abrazarlo, acariciarlo y confortarlo.

Los padres deben aceptar el hecho de que su hijo tenga miedo y tratar de consolarlo.

El fin que se persigue es calmarlo con tacto, sin hacerle volver a la infancia.
Luego, cuando esté más tranquilo, hay que tratar de prepararlo para una futura experiencia similar. Si conoce el fenómeno no tendrá miedo. Basta, por ejemplo, explicarle las causas del trueno, del relámpago y de la oscuridad. También es muy útil enseñarle a manejar los objetos que le causan miedo ; por ejemplo dónde hay que acariciar a un perro, o la manera más adecuada de manejar un martillo. Una vez lo haya comprendido se sentirá más seguro.

El mayor trastorno del niño procede del temor a perder el cariño de sus padres. Hay muchos acontecimientos que pueden hacerle experimentar este temor, por ejemplo dejarlo solo en un lugar desconocido, como un hospital, la sala de espera de un médico, o un parvulario. Ellos sólo ven la separación. Su razonamiento es “Separación… me dejan solo” y lo traducen en “Separación… ya no me quieren”. Tratarlo con dureza o frialdad, o simplemente, no tener tiempo para tratarlo produce los mismos efectos. El niño se siente pequeño y solo, desamparado e inseguro.
A veces los padres piensan que ciertos hechos harán madurar a sus pequeños, pero en realidad ocurre lo contrario. El nacimiento de un hermano o la entrada en la escuela son dos ejemplos claros. El sistema más adecuado es el mismo que con cualquier otra clase de temor. Es necesario hablarles y ayudarles para que puedan enfrentarse a los hechos adversos.
El lenguaje incorrecto
Durante estos primeros años otro de los problemas que se presentan a los padres es debido a que sus hijos aún son muy niños. Son muy niños, pero ellos se sienten “mayores”. Quieren sentirse “mayores” y sus padres les apoyan en este sentido. Pero hay momentos en que desearían poder detenerlos: “¡No tan deprisa, no TAN mayor!”
Á causa del aumento de su vocabulario ya no necesitan acudir a las demostraciones de fuerza física tal como hacían a los dos años. A esta edad, las rabietas son raras, pertenecen al pasado. Pero estos nuevos medios, más refinados, pueden ser tan irritantes como las rabietas.
A los tres años, y especialmente a los cuatro, los niños empiezan a usar “palabras gordas” porque así se sienten mayores y claramente independientes. Rebuznan y hacen toda clase de ruidos en lugar de usar los adjetivos adecuados. Dejan de usar este sistema cuando encuentran otro mejor y más “maduro”. Ciertos padres los ignoran durante algún tiempo y cuando les parece que ya han tenido suficiente dicen: “Basta”. O les buscan palabras divertidas para sustituir a las otras.

Razonar es la mejor manera para imponer disciplina. Pero es un método lento que requiere paciencia.

La disciplina
Una de las tareas más importantes como padres es enseñar la disciplina. Este trabajo fundamental
se complica a causa de errores básicos.
Muchos padres piensan que disciplina y castigo son una misma cosa. Sin embargo los castigos son una manera de aplicar la disciplina, pero no la única. La excesiva confianza en los castigos puede tener un efecto opuesto al que se desea. Si no se tiene cuidado puede causar problemas que no es posible prevenir.
Otro error común es creer que los niños se resisten a la disciplina y que los hace infelices. Los padres que están en este error ni castigan ni usan otros medios para imponer disciplina.

Creen que hacen un bien a su hijo, pero la realidad es que un niño indisciplinado no es un niño feliz. Muchas veces se sienten perplejos, perdidos e incluso asustados porque nunca saben cuáles son sus límites. Creen que nadie los quiere porque no son capaces de enseñarle lo que está bien y lo que está mal, lo que está permitido y lo que está prohibido.
El fundamento principal de una buena disciplina es que el niño se sienta amado. Un niño educado con verdadero amor desde los primeros meses empieza a pensar, actuar y sentir como los seres que lo rodean y lo aman. Inconscientemente actuará según la escala de valores de sus padres.
En la educación, este proceso de identificación hace surgir un aspecto del tema que a veces no se valora debidamente: los padres deberían ser los primeros en someterse a una disciplina. Sin hablar, sólo con sus acciones, enseñan obediencia. Los niños tienen constantemente la mirada fija en sus padres. Desde que se despiertan hasta que vuelven a la cama aprenden de lo que sucede a su alrededor.
El proceso de identificación empieza muy pronto. Las lecciones penetran con lentitud, pero con firmeza. Lo que aprenden no sale a la superficie inmediatamente, pero las enseñanzas han penetrado en el niño y aparecerán en el momento adecuado. Esta enseñanza de la disciplina por medio del ejemplo se puede manifestar en muchos pequeños detalles que surgen en el transcurso de la vida diaria, como puede ser el obedecer las señales de tráfico, no atravesando una calle con el semáforo rojo aunque haya tiempo suficiente para hacerlo, o bien en ejercitar al máximo la sinceridad, procurando no utilizar la mentira aun cuando se trate de las típicas hipocresías sociales a que estamos tan acostumbrados y que los niños consideran tan importantes como aquellas otras mentiras que a ellos se les reprimen tan duramente.
No obstante, si en el tono de voz y la actitud el niño ve que sus padres están convencidos de que deben dictar la prohibición y al mismo tiempo intuye que ellos esperan firmemente que responderá de manera adecuada, existe un tanto por ciento muy elevado de posibilidades de que lo haga de esta forma inculcándole así un sentido social.

A los 1 ó 2 años el niño es demasiado pequeño para ser enseñado a comportarse adecuadamente. A esta edad el único medio de enseñarle disciplina
será rodearlo de un ambiente en el que le será imposible ser malo. Por ejemplo, quitando de su vista las cosas que no “puede” tocar. Pero a los tres años ya es posible exigirle obediencia.
Habrá momentos en los que los padres verán que el niño es capaz de comprender y controlarse. Empieza a enriquecer su vocabulario y su capacidad retentiva aumenta. Primero piensa y luego actúa. Entonces ya es posible razonar eficazmente con él, explicarle reglas de comportamiento, el por qué existen, por qué son importantes y lo que sucedería si no existieran.
A partir de ahora razonar con un niño es la mejor manera de enseñarle disciplina. Le ayuda a generalizar y esto le permitirá actuar de una manera adecuada cuando se presentan situaciones nuevas. Razonando se respeta la creciente independencia del niño y se corre un riesgo menor de desobediencia. Si no obedece, al menos será por afirmar su independencia y no por quebrantar una regla.
Sin embargo los razonamientos son un método lento. No es posible esperar de un niño que aprenda una lección que se le ha explicado sólo una vez. Una y otra vez se presentan las mismas situaciones. Esto no significa necesariamente que la enseñanza esté equivocada, sino sencillamente que es preciso repetirla, explicarla una y otra vez. Requiere tiempo y paciencia educar a un niño y darle unas bases que le permitan comportarse debidamente sin que nadie le obligue. Al hablar con un niño es necesario hacerlo con firmeza y convicción. Los padres que enseñan a sus hijos con razonamientos deben creer en lo que están diciendo. Su manera de hablar debe darles la impresión de que están completamente convencidos de ello. Las conversaciones entre padre e hijo no pueden ser tratadas a la ligera porque entonces el niño no prestará atención a las palabras de sus padres y actuará como antes. Cuando los padres dicen “Basta” y explican por qué debe ser “basta”, y cuando dicen “no lo hagas” y explican por qué, el niño debería obedecer. Los padres hablan, enseñan y explican para que, en lo posible, el niño retenga la lección. Por ejemplo, si está golpeando la ventana con un palo es necesario hablarle con firmeza y seguridad: “Basta. No golpees la ventana con este palo. La ventana puede romperse si lo haces. No quiero que se repita”. Naturalmente, si el niño hace los oídos sordos será necesario obrar con firmeza, obligarle a obedecer a la fuerza.

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