El juego de Año Nuevo

cuento chino adaptado por Yeh U Ilustraciones de Liao Wei-lin

Este cuento trata de unos niños que viven en la China Nacionalista, en la isla de Formosa.

Con el calor del verano los pensamientos de Chiao-yen volaban hacia los fríos meses del invierno. Estaba sentado en una mesa de piedra debajo de un árbol de mimosa, escuchando cómo reían sus seis amiguitos que jugaban en el patio. Pensaba en su día favorito: Año Nuevo, que cae a mediados de invierno.

Para Chiao-yen, Año Nuevo significaba fuegos artificiales y desfiles, exquisitas comidas y dulces, y el olor de las flores y el aroma del incienso que quemaban en casa.

Era música y canciones, y amigos que traen regalos, diciendo: ¡feliz Año Nuevo, feliz Año Nuevo!

Un pajarito voló sobre su cabeza para posarse en el árbol de mimosa. En el mismo momento, Chiao-yen tuvo una buena idea.

—¡Venid todos! —gritó—. ¡Venid todos a la mesa! ¡Venid a celebrar el Año Nuevo!

Los siete niños, tres chicos y cuatro chicas, fueron corriendo a la mesa. Año Nuevo era también la fiesta favorita de todos ellos.

—Yo seré el padre — anunció Chiao-yen con voz grave.

Todos aplaudieron aprobando.

—A-min, tú serás la madre.

Los ojos de A-min brillaron.

-Chiao-u, tú serás la hija.

Chiao-u, que era la más pequeña de las niñas, asintió con la cabeza.

—Ling-ling, tú serás la invitada.

Ling-ling cogió su bolso y se lo colocó bajo el brazo.

-¿Qué puedo ser yo? -preguntó A-mei, que lucía una preciosa cinta verde en su pelo.

—Tú serás la que enciende los cohetes -dijo Chiao-yen.

—Ping-ping, tú serás el gallo.

Ping-ping se puso en cuclillas y comenzó a andar como un gallo y a cacarear.

—Todavía no —dijo Chiao-yen, tratando de ser paciente—. El juego aún no ha comenzado. Señaló a An-an y le dijo: —Tú puedes ser el perro.

An-an se puso de cuatro patas y empezó a ladrar furiosamente.

—Espera, el juego aún no ha comenzado —dijo Chiao-yen, impaciente.

—Chiao-yen, te has olvidado de mí -dijo Wen-wen saltando sobre sus zuecos.

—No me olvidé. Tú puedes tocar la campana —dijo Chiao-yen tendiéndole una campana que estaba puesta sobre la mesa.

Wen-wen comenzó a saltar y tocar la campana.

—¡Aún no! —gritó Chiao-yen—. El juego no ha comenzado. Primero tenemos que recoger florecillas rojas y ponerlas en agua. Será el vino de Año Nuevo. Cogeremos también florecillas amarillas, y serán el pastel y las tartas de Año Nuevo.

Todos cogieron flores rojas y amarillas que crecían al sol, lejos de la sombra de la mimosa. Colocaron las flores en la mesa. Chiao-yen estaba satisfecho.

-A-min, pídele a mamá unas habas. Serán los dulces. Ling-ling, rompe una ramita de árbol. Serán chuletas.

Su entusiasmo aumentó.

—Hagamos una copa, un plato y una cazuelita con hojas de palmera. Cogeremos pastelillos y los envolveremos

en papel rojo. Serán el dinero de Año Nuevo.

A-min le pidió habas y pastelillos a su madre, mientras los otros recogían ramitas y hojas de palmera. Chiao-yen envolvió los pastelillos en papel rojo.

-Ahora, preparaos todos. Vamos a comenzar —dijo Chiao-yen.

—Espera un poco. Se me ha olvidado lo que iba a ser —dijo A-min.

Chiao-u lo había olvidado también. Lo mismo les pasaba a Ling-ling, A-mei, Ping-ping, An-an y Wen-wen. Todos lo habían olvidado.

Chiao-yen consiguió lápiz y papel e hizo unos recortes. Escribió un número, de 1 a 8, en cada recorte. Dio uno a cada niño para que no olvidaran lo que iban a representar y lo que debían hacer.

Cuando todos tuvieron su recorte de papel con el número escrito, Chiao-yen dijo:

—Recordad todos. Esta es la mañana de Año Nuevo. Hagamos ver que dormimos. Contaré hasta tres. Entonces Ping-ping, el número 1, que es el gallo, dirá ¡ Co-co-ro-có! Cada uno que siga su número. En cuanto cante el gallo, la madre y el padre, números 2 y 3, se levantarán de la cama y pondrán a la niña el vestido nuevo. La niña, número 4, saldrá y encenderá un cohete. El ruido del cohete, número 5, despertará al perro, número 6, que aullará. Sonará el timbre de la puerta, número 7. El invitado, número 8, entrará y todos le dirán:

—¡Feliz Año Nuevo, feliz Año Nuevo!

Bueno, ahora vamos a comenzar. ¡Que todo el mundo cierre los ojos!

Todos obedecieron menos An-an, que era el perro, y Ping-ping, que era el gallo. Chiao-yen comenzó a contar.

—Uno… dos… —pero antes de decir «tres», los oyó a todos a coro.

—¡ Co-co-ro-có! ¡ Co-co-ro-có! ¡Bum-bum! ¡Guau-guau! ¡Ding-dong, ding-dong!

Hacían tanto ruido que nadie pudo entenderse.

El padre y la madre estaban aún en la cama cuando el invitado entró y todos dijeron: —¡Feliz Año Nuevo, feliz Año Nuevo!

La copita, el plato y la cazuelita se rompieron. Los pastelillos y los dulces se cayeron. El vino se derramó. El pastel estaba hecho trocitos. La habitación era un revoltijo. Chiao-yen estaba muy enfadado.

—Tú eres el invitado —recordó a Ling-ling, que era el número 8—. ¿Por qué entraste antes de que nos levantáramos de la cama?

—Porque oí sonar la campana —respondió Ling-ling.

—¿Por qué tocaste la campana? —dijo Chiao-yen volviéndose hacía Wen-wen, que era el número 7.

—Porque oí ladrar al perro —respondió Wen-wen.

La cara de Chiao-yen enrojeció. Se volvió a An-an, que era el número 6.

—¿Por qué comenzaste a ladrar como un perro loco?

—Porque oí el cohete —dijo An-an— El cohete hizo ladrar al perro.

Chiao-yen cerró los puños y se dirigió a A-mei, que era el número 5.

—¿Por qué hiciste el ruido del cohete?

—Porque oí cantar al gallo —dijo A-mei.

Chiao-yen empujó a Ping-ping, que era el número 1.

—Yo no había terminado de contar. Entonces, ¿por qué empezaste a cantar?

—No lo sé —respondió Ping-ping a punto de llorar.

—Será mejor que lo digas —gritó Chiao-yen.

Ping-ping parecía cualquier cosa menos un gallo orgulloso. Se le cayeron las plumas de la cola, que eran hojas de palmera.

—Vi que el perro comenzaba a comer los pasteles cuando cerraste los ojos. Temí que se los comiera todos, por esto canté, para prevenirte.

Chiao-yen se volvió en redondo hacia An-an.

—¿Pero no quedamos en que los pasteles envueltos en rojo eran el dinero de Año Nuevo ? Si te comes los pasteles, ¿cómo podemos jugar?

An-an hizo una mueca.

—Un perro no sabe lo que es el dinero de Año Nuevo. Por esto roba los dulces y se los come.

Chiao-yen frunció el entrecejo.    

—Tú no eres un buen perro, ni un buen chico siquiera.

Un buen perro no robaría un solo pastelillo, y un buen chico seguiría las normas. Mira, ¡has estropeado el juego por no seguir las reglas!

—Lo siento —dijo An-an, con la boca llena de trozos de pastelillo.

—Esto no basta —declaró Chiao-yen—. Vamos a castigarte. Ahora barrerás el suelo y limpiarás la mesa. Después volveremos a jugar. Y esta vez todo el mundo lo hará bien.

 

Así Chiao-yen y sus siete amigos se reunieron otra vez en la mesa, bajo el árbol de mimosa.

Esta vez el gallo cantó por la mañana. «¡Co-co-ro-có!»

El canto despertó a la madre y al padre. Se levantaron de la cama y pusieron a la niña el vestido nuevo.

La niña salió y encendió los cohetes. «¡Bum, bum!»

El perro oyó los cohetes y comenzó a ladrar. «¡Guau-guau!»

 

El invitado llegó y sonó la campana. «¡Ding-dong!»

—¡Feliz Año Nuevo! —dijo el invitado.

—¡Feliz Año Nuevo! —gritó todo el mundo, especialmente Chiao-yen, que quería decirlo más alto que nadie.

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