El divorcio

El divorcio o la separación de los padres es una experiencia que perturba a todos los que se hallan envueltos en ella. Para el niño es especialmente difícil aceptar cualquier amenaza a la seguridad que confiere el vivir con un padre y una madre, unidos y cariñosos. Pero si el problema no se maneja bien, el desarrollo emocional del niño se verá perturbado definitivamente.
Hablamos de divorcio indistintamente en su sentido real o en el figurado de separación permanente de los padres, puesto que sus consecuencias para el niño son las mismas.

Cómo explicar el divorcio a un niño
Cuando el divorcio es inevitable es conveniente decírselo al niño. Si el marido y la mujer han llegado a un punto en el cual ya no pueden vivir juntos, todos, incluso un chiquillo, son conscientes de los estados de tensión establecidos entre sus padres. Si no sabe lo que va a suceder, puede que el divorcio le contraríe más de lo corriente. Puede llegar a creer que la verdad es demasiado terrible para que él la conozca.
Los niños tienen una imaginación muy fértil. Sucede a menudo que el niño cree ser responsable de la discordia entre sus padres e incluso llega a asociar las ocasiones en que él fue causa de una desavenencia entre el padre y la madre. También puede pensar en las veces que, enfadado, deseó que su padre y su madre desaparecieran y no volvieran nunca más. Al ver, de repente, cómo este deseo se convierte en realidad, se siente culpable y avergonzado.
El modo de explicar a un niño las razones del divorcio depende de su edad y capacidad de comprensión. Sobre todo es preciso hacerle ver que él no es culpable de nada de lo que ocurre. Un niño de tres años de edad se sentirá satisfecho, probablemente, con esta explicación: “Papá ya no va a vivir más con nosotros.” Un niño mayor querrá saber el por qué. Se le puede decir: “Nosotros no somos felices viviendo juntos; ahora vamos a probar vivir en casas separadas para ver si de este modo lo somos más. Si es así, pediremos el divorcio. Cuando sea seguro ya te lo diremos.” Cuando se le da este tipo de confianza a un niño y se le informa de los pasos que la situación va tomando, se siente menos desconcertado y excluido. Al mismo tiempo es imprescindible hacerle comprender que los padres, aunque estén divorciados, no dejan de querer a sus hijos y sentirse responsables de ellos.
Debe informársele con calma. Si el padre o la madre hablan al niño de un modo trastornado o lloroso, no se logra más que infundirle temor.
Por muy grande que sea el disgusto o amargura, nunca debe hablarse del otro miembro de la pareja de un modo desfavorable. Hay que hacer ver al niño que la otra persona es buena pero que existen desavenencias insalvables.
Se puede tratar de explicar al niño las razones por las que sus padres no pueden convivir pero no conviene sobrecargarlo con detalles que no puede comprender. Es imprescindible, sobre todo, no obligarle a tomar partido. Sería algo desleal especialmente en el momento en que el niño necesita saber que incluso, ahora que sus padres ya no se aman, todavía le quieren a él. Por otra parte no es necesario que el padre y la madre se sobrevaloren mutuamente. Se debe ser ecuánime y no caer en ninguna de las dos exageraciones.
Si uno de los padres abandona la familia no conviene mantener la falsa esperanza de que volverá. Para un niño, esperar una cosa que nunca sucederá, es peor que conocer la verdad.

Después del divorcio visitar regularmente al padre que se ha marchado
de la casa, ayudará al niño a comprender que ambos padres todavía le quieren.

Compartir los sentimientos
Nadie que se haya divorciado puede, tras esta sacudida emocional, actuar como si nada hubiera ocurrido. No hay que servirse del niño
como paño de lágrimas pero si uno de los padres se siente infeliz, no existe ninguna razón por la que no pueda compartir sus sentimientos con el hijo. Todo sucedería más naturalmente si el padre llega a convencerse y convencer a su hijo de que será más feliz al cabo de un cierto tiempo.
De vez en cuando todo niño se enfada con sus padres, incluso cuando no existe el problema del divorcio. Pero el divorcio puede sacar a relucir un tipo de resentimiento poco usual. Es preciso que el niño pueda expresar su enojo. A pesar de que parezca comprender el problema del divorcio, secretamente puede pensar que si sus padres se hubieran conducido de otra forma, ahora todo sería como antes. En ocasiones el niño no expresa su resentimiento de una manera visible porque cree que si dice algo que enoje a sus padres éstos también pueden “divorciarse” de él. En lugar de expresarlo puede demostrarlo indirectamente. Puede negarse a comer, comerse las uñas o mentir.
Los padres deben dar a entender al niño que comprenden lo que siente y asegurarle que este tipo de irritación no es la misma que provoca un divorcio. Los niños deben poder expresar sus “malos” sentimientos y darse cuenta de que el estar enfadado no tiene consecuencias.

Las visitas después del divorcio
A menos que sea imposible, los niños deben poder visitar al padre que marchó de la casa. No existe ningún tipo de reglas que fijen qué cantidad de tiempo debe residir un niño con cada uno de sus padres, pero parece ser que el niño se confunde si dedica igual período de tiempo a cada uno de los padres. Se sentirá más seguro si pasa la mayor parte de su vida en una casa —un lugar al que sienta pertenecer—. Es aconsejable que el niño pueda decir: “Aquí es donde vivo” y “Aquí es donde vengo de visita.”
En la mayoría de los casos un tribunal regula las visitas. Los padres pueden arreglar los detalles e informar a los niños de sus decisiones. Las visitas deberían ser regulares y no variar constantemente. Los padres deben esforzarse en cumplir el plan. El niño tiene derecho a que sus padres cumplan lo propuesto.
Para el niño menor de cuatro años las visitas diurnas son usualmente más satisfactorias. A medida que crece puede desear pasar la noche con el padre al que “visita”. Esto puede ser una gran idea. Si la experiencia va bien y no incrementa la tirantez entre los padres, se puede repetir.
Un padre nunca debiera competir por el amor de su hijo ofreciéndole costosos regalos o convirtiendo cada visita en una especie de paseo excepcional de vacaciones. Esto es injusto con el padre que tiene la custodia del hijo. Ciertamente, para un padre es mucho más fácil divertir a su hijo cuando no se halla preocupado por las responsabilidades y preocupaciones cotidianas que surgen al vivir continuadamente con él.
Si después de las visitas, el niño compara desfavorablemente el padre con el que vive y el que acaba de visitar, quizás piense que el primero
debiera dedicar más tiempo en distraerle y no tratar tan insistentemente de perfeccionarlo. Ambos padres deben tener en cuenta que el cuidado material, la comprensión y la disciplina que un niño necesita son regalos más valiosos que los que se pueden comprar.

Cuando uno de los padres vuelve a casarse
El nuevo matrimonio de uno de los padres es otro gran cambio en la vida del niño. Al planear un nuevo matrimonio es necesario compartir esta idea con el niño, dándole toda la información posible acerca de lo que puede esperar.
Algunos niños se adaptan fácilmente a un nuevo padre, nuevos conocidos y quizás hermanos y hermanas. Otros sienten que el cambio significa pasar a segundo plano en el afecto de su padre. Es importante que sepa que el cambio no afectará al amor de su padre hacia él.
Al visitar a uno de los padres que se ha vuelto a casar el niño necesita tiempo para hablar, leer y disfrutar de las cosas con él; los dos juntos. También precisa tiempo para ir conociendo a su padrastro —o madrastra—. No es extraño que el niño, de entrada, se resienta de su padrastro, pero si éste es paciente y afectuoso, el resentimiento desaparecerá.
Cuando un nuevo hijo llega a una familia, existe la posibilidad de que haya celos y cierta aprensión. Medio hermanos y medio hermanas no son más inmunes a la rivalidad que los totalmente hermanos. Es aconsejable que los niños puedan expresar su aprensión hacia el recién nacido. Quizás digan: “Te pasas todo el tiempo con el bebé y siempre que vamos a algún sitio lo llevas con nosotros”. “Me gustaban más las cosas como iban antes. Me voy a vivir con papá.” En este caso no hay que regañar ni sermonear al niño. Los celos desaparecerán si no se le avergüenza de su actitud. Es preciso ayudarle a encontrar nuevos amigos para que se sienta menos dependiente de sus padres y menos abandonado.
Al divorciarse, ambos padres deben ayudar al niño a ajustarse a las nuevas circunstancias, pero ninguno de los dos debiera dar órdenes al otro sobre el modo en que el niño ha de ser tratado. Si surge algún problema, los padres, si lo desean, pueden reunirse y discutirlo. Los padres deben tratar de dar a su hijo firme convicción de que lo aman y de que puede ser feliz, viviendo con cualquiera de los dos.

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